Cuentos del Sahel

El hueso

«Quien mucho come, poco vive». Así se dice de un glotón impenitente.

A propósito de Mor Lame, se añade: «Si la codicia no te ha roto el saco, es que no eres codicioso de verdad».

 

En muchos pueblos del país, el ganado, devastado por la más mortífera de las pestes de la que nunca se había oído hablar en la memoria de los ancianos, se iba lentamente recuperando. Pero en Lamène ningún hombre de veinte años sabía aún cómo era un animal con cuernos.

Lamène era mucho menos antiguo que el pueblo de Niangal, donde el viajero, antaño, sólo había encontrado, como cantó más adelante:

 

El pescado fresco de unos
El pescado seco de otros
   ¡El pollo no estaba aún de moda!

 

La paja de todas sus cabañas había sido renovada menos veces y sus campos habían sido menos veces cultivados que los de Niangal. Pero si el pollo se puso de moda después de muchos años, el buey era allí desconocido por dos generaciones de hombres.

 

Este año las lluvias habían sido abundantes, la tierra generosa y las langostas habían estado ausentes. Los niños no habían sido arrastrados más de la cuenta por sus juegos, y habían cuidado atentamente las espigas contra estas devastadoras desvergonzadas que son las come-mijo.

Muchos garrotazos habían obligado a Golo-el-Mono y su tribu a respetar los cacahuetes.

Puesto que algunos miembros de su familia habían perdido más de una pata en las trampas puestas por los habitantes de Lamène, Thile-el-Chacal había juzgado más prudente ir a buscar en otra parte otros melones, si no tan suculentos como los de Lamène, al menos más fáciles de conseguir y con menor riesgo.

En resumen, la cosecha había sido magnífica e inesperada para los de Lamène.

Así pues, se decidió enviar los burros con un cargamento de mijo, maíz y cacahuetes a Ferlo, donde pastaban los inmensos rebaños de aquellos peul que casi nunca comen carne; hasta tal punto es cierto que la abundancia asquea y que «cuando recoger se vuelve demasiado fácil, agacharse se torna difícil». Un peul no vive más que de leche y se siente satisfecho; él, que no toca en su vida ni gop ni daba (ni desbrozador ni azada) para obtener mijo. Para hacer de este mijo un cuscús, que mezclará con la leche de sus vacas: leche fresca, leche concentrada, leche cuajada o leche agria.

 

Después de tres meses, los burros se marcharon por los caminos que llevaban hacia Ferlo, guiados por los jóvenes más fuertes de Lamène, que habían recibido la orden de regresar con un hermoso toro de siete años por delante de ellos.

El reparto de este animal, el Tong-Tong, entre los jefes de familia haría probar de nuevo el sabor de la carne roja a los más viejos del pueblo, a los viejos y a los mayores, la mayoría por desgracia ahora sin dientes. A los jóvenes y más jóvenes, que a fin de cuentas no conseguirían más que los huesos para roer, les haría probar, si no el sabor, al menos el olor de la carne cocida en su punto y asada.

 

El mismo día de la partida de los burros y su escolta, Mor Lame ya había elegido, en su mente, el trozo que tomaría en el momento del Tong-Tong: un hueso, un jarrete bien provisto de carne y lleno de médula untosa.

—Lo cocerás con suavidad, lentamente, durante mucho rato —recomendó desde aquel día, y cada día, a su mujer, Awa—, hasta que se ablande y se funda como manteca en la boca. Y además, ese día, ¡que nadie se acerque por mi casa!

 

Llegó el día en que los jóvenes de Lamène que habían marchado a Ferlo regresaron al pueblo llevando entre ellos, con una cuerda atada en la pata trasera derecha, un espléndido toro de inmensos cuernos y piel leonada, brillante a la puesta de sol. Desde su cuello macizo, como el tronco de un baobab, su barba barría el suelo.

Aún a riesgo de recibir una coz del animal, lo que evitó por muy poco, Mor Lame vino para tantear el hueso de su jarrete. Y después de recordar a los que iban a matar y repartir el animal al primer canto del gallo que aquélla era exactamente la parte que él había elegido y la que quería, se fue a aconsejar a su mujer que la cociera con suavidad, lentamente y durante mucho rato.

 

El reparto se hizo apenas dicho el Assalamou Alaykum de la oración de Fidjir.

Los niños no habían comenzado aún a rascar los jirones de carne adheridos a los despojos cuando Mor Lame ya estaba en su cabaña, después de haber cerrado a cal y canto la puerta, y había entregado su parte a su mujer:

—Cuécelo con suavidad, lentamente, durante mucho rato.

Awa puso dentro de la olla todo lo que necesita un jarrete para que, una vez cocido en su punto, se funda deliciosamente en la boca. Para conseguir un caldo graso y con médula, que humedecerá untosamente una calabaza de cuscús. Un cuscús estofado como debe ser y amasado con la cantidad justa de polvos de baobab y de lalo, lo que ayudará a hacerlo bajar de la boca al vientre.

Ella puso la olla sobre el fuego y la tapa sobre la olla.

 

Mor Lame estaba estirado sobre su tara, su cama de ramas y de fibras de corteza de palma. Awa estaba en cuclillas cerca del fuego que ahumaba el techo de la cabaña. El aroma del caldo ascendía lentamente y poco a poco reemplazaba el olor del humo y llenaba toda la cabaña, mientras hacía cosquillas en la nariz de Mor Lame.

Mor Lame se incorporó ligeramente, se apoyó sobre el codo y preguntó a su mujer:

—¿Dónde está el hueso?

—El hueso está aquí —respondió Awa después de haber levantado la tapa y pinchado el jarrete.

—¿Se ablanda?

—Se ablanda.

—¡Vuelve a taparlo y aviva el fuego! —ordenó Mor Lame.

 

En Lamène todo el mundo era muy creyente y ningún adulto faltaba a ninguna oración. Por eso Moussa se sorprendió de no ver aquel día, en la oración de Yor-yor a Mor Lame, su hermano de cabaña, su ’bok-m’bar.

Moussa, jurándose que él comería de aquella carne, se fue a la casa de aquel que era más que su hermano.

 

Más fuerte que el amor fraternal, más tiránico que el amor paternal, la «hermandad de cabaña» somete al hombre digno de tal nombre a unas reglas, a unas obligaciones, a unas leyes que no puede transgredir sin rebajarse a los ojos de todos.

Haber mezclado, a la edad de doce años, la sangre de vuestro sexo con la de otro niño en un viejo mortero tirado en el suelo, en un fresco amanecer; haber cantado con él los mismos cantos iniciáticos; haber recibido los mismos golpes; haber comido, en las mismas calabazas que él, los mismos manjares deliciosos o infectos; en resumen, haberse convertido en hombre al mismo tiempo que él en la misma cabaña, en la misma m’bar, eso os convierte, durante toda vuestra vida, en esclavo de sus deseos, en siervo de sus necesidades, en cautivo de sus preocupaciones; a pesar de todo y de todos: padre y madre, tíos y hermanos.

Por este derecho, que costumbre y tradición le otorgaban sobre Mor Lame, Moussa se propuso usar e incluso abusar en este día del Tong-tong.

 

—¡No se comerá él solo ese hueso! ¡No se lo comerá sin mí! —se dijo, mientras golpeaba cada vez con más fuerza la valla de Mor Lame y llamaba a su hermano de cabaña:

—¡Soy yo, Mor! ¡Soy yo, Moussa, tu más-que-hermano, tu ’bok-m’bar! ¡Ábreme!

Al escuchar que golpeaban y le llamaban, Mor Lame se levantó bruscamente y preguntó:

—¿Dónde está el hueso?

—El hueso está aquí.

—¿Se ablanda?

Awa levantó la tapa, pinchó el jarrete y dijo:

—Se ablanda.

—Vuelve a taparlo, aviva el fuego, sal y cierra la puerta —le ordenó el marido, mientras cogía una estera.

Extendió la estera a la sombra del ceibo que había en medio del patio y se fue a abrir a Moussa.

Saludos cordiales y alegres de una parte; de la otra, gruñidos y una cara ceñuda como una nalga descubierta al aire fresco de la mañana.

No se cierra la puerta en las narices del que llama y mucho menos a un hermano-de-cabaña. Así pues Moussa entró y se acostó junto a Mor Lame, cuya cabeza reposaba sobre un muslo de Awa.

Quizá se hubiera escuchado más la charla de los pájaros, sobre todo la voz ronca y arisca de los loros, si Moussa, inagotable, no hubiera llevado él solo el peso de la conversación.

Hablaba del país, de unos, de otros, de los buenos tiempos de su juventud, mientras resucitaba los recuerdos de la cabaña de los hombres para recordarle discretamente a Mor Lame sus deberes y obligaciones, por si por casualidad él los había olvidado o se inclinaba a descuidarlos.

Aquel día, sin duda, Mor Lame no estaba de un humor locuaz; sólo respondía de vez en cuando con algunos sí, no, Inchallah, y la mayoría de la veces con los mismos gruñidos que habían constituido el grueso de sus saludos. . .