Voz del pasado
Cantautor
Jim estaba en el camerino, arrancándole algunos acordes a la guitarra. Nada en especial, un simple rasgueo para combatir los nervios, ya que él era el siguiente una vez hubiera terminado la banda nyoongar que ocupaba el escenario en ese momento. Era su primera actuación. El público estaba formado en su mayoría por nyoongars y ya iban muy cargados. También algún que otro watjella. Ay, Señor, a ver cómo reaccionan. Si no soy más que un pobre nyoongar del soto, un pobre diablo. ¡Tú puedes! ¡Tú puedes! ¡Tú puedes! Se repitió varias veces aquellas dos palabras.
—Salud, hermano —dijo un nyoongar de una banda de rock que debía tocar más tarde.
Había también algunos solistas, Jim entre ellos.
—Toma, échate un trago —dijo el tipo, alargándole una botella de whisky—, te calmará los nervios, verás qué bien. El ritmo te saldrá directa del corazón.
—No, gracias, koordah —dijo Jim.
—¿Un canuto? —dijo el tipo—. Va igual de bien, si no mejor. Dale unos calos y verás qué letras y qué ntoas sacas, serás todo un cantautor.
—No, koordah, paso —dijo Jim, molesto.
—Vale, koordah, ya lo he pillado —dijo el tipo—, quédate ahí y que se te coman los mengues. Cuando yo debuté hace un par de años, llevaba tanto colocón de gunja y gerbah que la música brotaba con naturalidad, libremente, fluía por mi cuerpo.
El tipo hizo una pausa y luego añadió:
—Ahora cada vez que toco tengo que ir colocado. Soy incapaz de subir si no llevo un ciego.
—¿Estás de coña? —preguntó Jim, dándose cuenta en el acto de que el tipo hablaba en serio.
—Ojalá —contestó—. Además, me da seguridad con las tías. Sé que tengo un problema, pero, tío, cuando te sientes así, da gusto tener problemas.
Rió como si fuera a desmontarse y él y su seguridad dejaron a Jim a solas.
Allí estaba, él solo, rasgueando y preguntándose si había hecho o no lo que debía. Su conciencia se debatía. Un momento gritaba: “Tendrías que haberle hecho caso, te habrías calmado, te habrías comido al público.” Y al siguiente: “No, no, tú no necesitas esa mierda para demostrar lo que vales. Basta con que tú lo sepas; sal con la cabeza despejada y dedicate en cuerpo y alma a lo que más te gusta, a cantar.”
Jim recordó cuando de chiquillo vivía en un pequeño pueblo a unas cuatro horas en coche de Perth. Eran días felices, y aunque su padres se encontraban sin blanca día sí día también, jamás sintió que le faltara amor en la comunidad. Todo lo compartían, siempre se ayudaban, con comida o con cualquier cosa. Aún podía oír a su madre diciéndole: “Corre, Jimmy, vete a pedirle té, leche, harina, azúcar o agua a la tía tal o cual.” Y si tenían lo que se les pedía, siempre lo daban, y lo mismo hacía su madre. Cuando algún chiquillo iba a su casa a pedir algo, mamá se lo daba sin vacilar un instante. Si de algo sobraba, lo apartaba por si alguien iba a necesitarlo.
Las lágrimas acudieron a los ojos de Jim cuando pensó en su madre, que el Señor la tenga en su gloria. Tragó el nudo que se le había hecho en la garganta y pensó: Ojalá mamá estuviera aquí para verme sobre las tablas, sería mi fan más incondicional. Supongo que Dios se la llevó para que le preparara aquel delicioso pan en el cielo. Sí, seguro que Dios la ha designado su cocinera preferida.
Jim había visto cómo su padre, un hombre fornido y trabajador, se marchitaba ante sus propios ojos igual que una hoja que en otoño se desprendiera lentamente de su rama hasta dar en el suelo, donde esperaría a que el viento se la llevara volando hacia la eternidad. Una víctima de los embates del alcohol. Sus tíos, tías, primos y primas vivían también atrapados en aquel círculo vicioso. Eran como insectos intentando liberarse de una tela de araña. Si lo lograban, era sólo para caer en otra más sólida, parecían condenados a vivir sepultados para siempre en una tumba de alcohol. ¿Por qué mi raza, los nyoongars, ha tenido que sucumbir a las drogas y el alcohol? ¿Es su modo de huir de la realidad? ¿O acaso es que, como decía el tipo aquel, les dan “seguridad?”
“Eh, vamos, tío”, se dijo Jim para sus adentros. “Concéntrate en lo que vas a hacer.” Los camerinos empezaban a llenarse de miembros de otras bandas que iban a controlar a qué hora les tocaba salir.
—Hey, Jim, aún te queda una hora.
Era su colega Tommy, que venía hacia él.
—¿Qué? Pensaba que era el siguiente —dijo Jim, que ahora se sentía como si se le hubiera roto una cuerda a mitad de canción.
—Tranquilo, koordah, siéntate, los organizadores me lo acaban de comunicar —dijo Tommy, intentando tranquilizarlo.
—Lo que me faltaba, koordah —dijo Jim, mirando en torno.
—Ya lo ves, parece que prefieren que suba antes la otra banda, son muy conocidos, pero tú no te preocupes, Jim, todo llegará —dijo Tommy, esperando que entrara en razón.
—Cuando suba estarán para el arrastre. No sabrán si canto Pon tus ojos en Cristo o el Imagine de John Lennon —dijo Jim, muy mosqueado.
—Ya verás como la semana que viene tienes tus cintas en el mercado. La gente que ha venido es como todo el mundo, les gusta ver al artista antes de comprarle algo —dijo Tommy.
—Cuando te oigan cantar les parecerá que tienen a John Lennon, Elvis, Billy Joel y Bruce Springsteen todos en uno —y, como espaldarazo final, añadió—: además, el viernes te ponen en la radio, sonarás a todas horas durante las próximas dos o tres semanas.
—Ya, pero…
—Ni peros ni nada, koordah —dijo Tommy, cortándole para que no empezara a tener pensamientos negativos.
Tommy, al que Jim quería como a un hermano, creció en el mismo pueblo que él. Era algunos años mayor y lo más parecido a un representante; Jim le respetaba y siempre acudía a él en busca de consejo.
—Aquí deben de estar volviéndose todos locos. Típico de los nyoongars, te dicen una hora y luego te la cambian. ¿Por qué no podrán decir una hora y atenerse a lo dicho? —se preguntó Jim—. ¿Cuánto queda?
—Ya no mucho —dijo Tommy, consultando el reloj.
—Anda, sujétame la guitarra —dijo Jim, pasándole a Tommy su preciado instrumento—. Me voy a mear.
Para ello Jim tenía que pasar por delante de la barra. La banda tocaba a un volumen ensordecedor. El público estaba en trance, había quien bailaba, quien se apoyaba contra la barra, quien daba golpes de pie contra el suelo y se balanceaba al ritmo de la música. No llegaban a desmadrarse del todo. La banda que tocaba en esos momentos era de Queensland. Mezclaba música de la isla de Jueves y la isla de Palm con ritmos aborígenes. El resultado era una especie de reggae, rock, blues y soul, una formidable mezcolanza.
Jim entró en los aseos. Hasta aquí dentro vienen a beber y a fumar, los de antivicio harían el agosto. El aroma a gunja flotaba en el aire. Jim terminó, se abrochó, se lavó las manos, se las secó y entonces reparó en que un negro enorme lo contemplaba fijamente. Oh, Dios, no, pensó Jim, no me digas que este cabronazo quiere meterme. Se quedó paralizado.
—¿Qué tal, koordah? —preguntó el grandullón, tendiéndole la mano—. Me llamo Chiqui.
—Tirando, koordah. Jim.
Estrechó la mano del grandullón.
—Ya veo por qué te llaman Chiqui —dijo, pues el tipo debía de medir casi dos metros.
—Sí —dijo, riendo—. Me lo puso mi tío. Decía que crecía demasiado deprisa, más que las mulgas.
—¿De dónde eres? —preguntó Jim, estudiando su indumentaria de vaquero y sus botas camperas.
Debe de ser del norte, además habla un buen inglés, y eso que debe de ser su segunda lengua, pensó Jim.
—Del otro lado de Wiluna, cerca ya del Territorio del Norte —dijo Chiqui, exhibiendo una hilera de dientes blancos como perlas.
—¿Todo lo hacen tan grande allí arriba? —preguntó Jim, que, con su metro setenta, le llegaba prácticamente a la altura del pecho.
—La mayoría son mayores que yo —dijo riendo—, y más negros.
Para cuando dijo esto ya se habían unido a la conversación unos cuantos nyoongars, que prorrumperon en carcajadas.
—La hostia —exclamó uno de ellos—. Tú serías bueno de defensa.
—Ya te digo —dijo otro—. ¿Alguna vez has jugado a fútbol?
Chiqui se lo quedó mirando, ligeramente confuso.
—Fútbol, ya sabes —dijo, haciendo ademán de jugar.
Parecía más un bailarín de ballet que un jugador de fútbol. Chiqui no parecía entender nada, de modo que el bailarín le arrebató una botella a uno de sus compañeros y se la ofreció a Chiqui para que viera que no pretendía tomarle el pelo. . .

